Valdegobía y su comarca
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Interior eremitorio de Corro
Eremitas

Eremitorios rupestres altomedievales

Estudio de Luis Alberto Jimeno Monreal.
Vista interior del eremitorio de Corro con sus tumbas antropomorfas talladas en el suelo.

La fundación de monasterios en el Norte de España se convirtió en un medio de consolidación de avances territoriales en los primeros tiempos de la Reconquista. Las gentes que acompañaban a los fundadores se asentaban por la zona del cenobio y ocupaban las tierras vecinas. Esos lugares monásticos que se erigían junto a la Iglesia, en muchas ocasiones reconstruida, fueron el núcleo y el comienzo de los centros poblacionales en la época de la repoblación. En este aspecto no puede ser más clara la primera acta del Cartulario Valpostano. Hemos visto el buen número de lugares sometidos a "pressura" que nos proporciona.

Próximo al monasterio del obispo Juan se formó un grupo de personas, sin duda de agricultores, del que nació la aldea de Valpuesta que ha llegado hasta nosotros. Igual debió suceder con los que se crearon o fueron rehabilitados en sus alrededores a tenor de esa escritura. Muchos de aquellos nombres de lugar todavía se mantienen hoy. Se formaron aldeas, porque toda vida urbana en la España cristiana había desaparecido durante los siglos VIII y IX, y en todas partes predominaban como centros de habitación las villas, granjas y las aldeas o "vicos", protegidos por atalayas de vigilancia desde las que con señales de humo se avisaba a los campesinos en caso de peligro "o bien se alzaban cerca de un cenobio o monasterio", nos recuerda G. Valdeavellano. Esas "villae... que eran muy numerosas carecían de todo carácter urbano y vivían de los productos de los campos", añaden.

Eremitorio de Pinedo
Tumbas antropomorfas
Vista lateral del Eremitorio de Pinedo. Tumbas antropomorfas situadas en San Martín de Valparaíso.
Algunos han querido ver en esa profusión de monasterios fines de explotación agrícola, pero olvidan que ese carácter económico no es casual sino consecuente y que no era el móvil principal de quienes componían el monasterio.
Aquellas gentes se movían a tierras nuevas empujadas por la necesidad y unos ideales religiosos, y por eso araban campos y apacentaban ganados. Por su parte los monjes, aunque cultivaban las propiedades del monasterio, estaban sometidos a una disciplina, dedicaban horas a sus rezos, copiaban libros, sobre todo los litúrgicos, algunos de ellos mostraron unas singulares cualidades artísticas con la iluminación de miniaturas de un buen número de códices
Santiago
Detalle de la Cruz Procesional de Valpuesta. Imagen de Santiago.
bíblicos de aquella época cuyo valor se ha hecho inapreciable, y además, según señalan algunas cartas fundacionales, tenían obligación de alimentar a los pobres, cuidar a los enfermos y hospedar a los peregrinos, sobre todo los que pasaban por Valpuesta en el primer Camino de Santiago, según la primera referencia escrita que sobre ellos aparece en los cartularios de Valpuesta.

El cristiano de la Edad Media, como el de la Iglesia primitiva, piensa que está en esta vida sólo de paso. Tiene su pensamiento fijo en la muerte y aspira a que sus obras sean buenas para librarse de las penas del infierno y conseguir la salvación eterna.

Representación medieval del alma y del diablo.
Mientras que unos sacrifican todo lo que tienen y entran a vivir en el claustro, otros trabajan para él permaneciendo de puertas afuera, o donan parte de sus bienes o cosechas y casi todos quieren, al final de sus días, ser enterrados en iglesias.
Este ideal de trascendencia, motor de la vida de los monasterios, fue el que alentó en los primeros siglos de la Iglesia el eremitismo, que vino a ser un preludio del monacato. Ambos fenómenos sociales por los que algunos cristianos se retiraban de la sociedad para entregarse de lleno a la contemplación, se dieron antes en Oriente que en Occidente.

El eremitismo floreció tambien en España, antes y después de la Reconquista. San Felix de Bilbao, San Millan, San Fructuoso y San Valerio destacan entre los anacoretas españoles que abundaron por la Rioja, norte de Burgos, oeste de Alava, Santander y el Bierzo. Se sabe que por Valdegobía ( valle de las cuevas ) y sus alrededores donde hubo muchos ermitaños, algo que se deduce de los documentos de Valpuesta y otros monasterios. Así San Juan y San Felices, junto a Miranda de Ebro; otros anacoretas por Albaina y Faido en Treviño, Valderredible y Arroyuelos en Cantabria; y por las localidades alavesas de Tobillas, Pinedo, Quejo y Corro, donde son manifiestas cuevas que fueron lugar de habitación y que según recientes estudios responden a las características del eremitismo rupestre. Del mismo modo lo atestigua el apelativo de "cella", "cilla " o "ciela" ( celda ) que llevan distintas localidades de la zona, asi Cillaperlata, Tártales de Cilla, Ciella, Celada y Cilleruelo, San Juan de Cella, Rivo de Ciela, Cella Formal.

El monasterio de Valpuesta está junto a una agrupación de varios eremitorios. Levantado por el obispo Juan, como nos recuerda el acta fundacional, estuvo regido al igual que casi todos por un abad, y ajustaba su vida a una regla, que según Ruiz de Loizaga debió de ser la de San Fructuoso.
Colegiata de Santa María de Valpuesta.

Este santo fue un noble godo del siglo VII que; tras formarse en Palencia, se retiró al Bierzo, donde sus padres tenían grandes posesiones y donde levantó varios monasterios para los que redactó su "regula communis" por la que se establecía un pacto, o fórmula de profesión, entre los monjes y el abad. La "regula communis" fue en los comienzos de la Reconquista la que siguieron la mayoría de los monasterios de España y casi con seguridad la que observaron en Valpuesta y sus monasterios dependientes.

Eremitorio de Valpuesta
Uno de los tres eremitorios sito en Valpuesta.

Pero el monasterio de Valpuesta y sus cenobios dependientes, con sus reglas y constituciones sufrieron, como otros muchos, las grandes reformas del Concilio de Coyanza (Valencia de Don Juan-León). Este cónclave nacional celebrado en 1055, tuvo importantes consecuencias para los monasterios y para la liturgia eclesiástica. Fue el primero de la Reconquista y sus objetivos principales fueron la sustitución del rito tradicional gótico-mozárabe por el romano y la restauración de la disciplina monacal en los reinos cristiano españoles. Sus trece cánones manifiestan ya una Iglesia bien establecida y más unitaria.

Estuvo presidido por el rey Fernando I y su esposa Sancha, y asistieron a él los magnates del reino y los obispos de Oviedo, León, Astorga, Palencia, Lugo, Santiago, Oca y Calahorra. Ocupaba esta última sede el obispo Gómez, a la sazón también jerarca de Valpuesta, diócesis que estaba en vías de desaparación, tanto que en 1052 se la había hecho dependiente de la de Nájera.

Lápida hallada en la iglesia de Tobillas. Presenta una amplia inscripción incompleta dedicada a un tal Vigilani, presbítero. En ella se cita a los santos Román y Cipriano. Puede incluirse esta pieza en la Alta Edad Media, probablemente en el siglo X.

Se implantó de forma general la regla benedictina, dejando de lado las "regula communis" y "regula monachorum", lo que contribuyó a la desaparición de una serie variopinta de monasterios familiares y dúplices, que fueron frecuentes en la Castilla primitiva. Otros pasaron a integrarse en los de San Millán, Cardeña, Oña, Arlanza, etc., o más tarde se convirtieron en Colegiatas dependientes del cabildo o del obispo, como Covarrubias, Valpuesta, San Quirce,... etc.

Al suprimir la sede episcopal de Valpuesta (1088), se produjeron importantes cambios en el monasterio. La figura del abad perdió importancia hasta desaparecer en 1100. En su lugar apareció la nueva autoridad del arcediano, dignidad de los cabildos catedralicios, que perduró en Valpuesta durante varios siglos con jurisdicción en la zona, pero a las órdenes del obispo de la diócesis de Burgos.